Espigar
(Del lat. spicāre).
1. tr. Coger las espigas que han quedado en el rastrojo.
2. tr. Tomar de uno o más escritos, rebuscando acá y allá, datos que a alguien le interesan. U. t. c. intr.
3. tr. Carp. Hacer la espiga en las maderas que han de entrar en otras.
4. tr. Sal. Pedir y dar la dádiva a los novios.
5. tr. desus. Dicho de un caballo: Mover la cola, sacudiéndola de arriba abajo. Era u. t. c. intr.
6. intr. Dicho de los panes y otras semillas: Empezar a echar espigas.
7. prnl. Dicho de algunas hortalizas, como la lechuga y la alcachofa: Crecer demasiado y dejar de ser propias para la alimentación por haberse endurecido.
8. prnl. Dicho de una persona: Crecer notablemente.
Siempre he sido una espigadora, sin yo saberlo. No tanto por recoger lo que otros no quieren, lo que no vieron en su momento, lo que desechan por no creerlo válido (que también, de forma voluntaria o involuntaria), sino por mi capacidad para separar el oro de la paja.
Aparentemente es algo positivo. Y lo sería, si no fuera porque quizá no era tan buena espigadora como yo creía. El problema viene cuando, al separar el oro de la paja y pulirlo, dándole forma, la forma de la que crees su esencia, ese pedazo de metal precioso se convierte en una especie de sello que, al darle calor para forjarlo, alcanza elevadas temperaturas hasta llegar a un estado incandescente. Y, cuando quieres tocarlo o acercarlo a ti, te abrasa. Una vez pasado el dolor inicial de la quemadura, mientras te lames la herida, te das cuenta de que ha quedado en ti una marca, cual res, con la forma que tú misma le diste al metal, bruto en su momento, precioso y pulido ahora. Y esa marca deja una huella en tu piel, en tu persona, difícil de borrar.
Espigar puede ser muy peligroso si no sabes cómo. Sé que seguiré espigando, tengo vocación para ello. Pero de todo se aprende y la práctica es el mejor aprendizaje. A partir de ahora sólo recogeré aquello que realmente necesite, aquel oro ya forjado que, aunque nadie haya recogido antes, a mí me pueda resultar útil y enriquecedor. Aquello que un día alguien sembró y que, por sobreproducción o simplemente por quedar rastrojos en el lugar de la siembra, ha quedado allí, perceptible o no, pero que se puede volver a sembrarse. Sembrar en barbecho.
Pero, sobre todo, seguiré espigando como persona, al igual que pueden hacerlo las semillas recogidas que otros no sembraron, dándoles una segunda oportunidad para crecer.
Crezco en barbecho, entre rastrojos, pero crezco, lento pero firme, cual espiga.
Y seguiré espigando.
